Iñigo Larrainzar

ETAPA 5: HERIDAS EN EL CULO

23 junio 2017 En Actualidad

Son las cinco de la madrugada y ya llevo un buen rato despierto. La noche que en teoría mejor había que descansar, es la que peor he dormido. A pesar de contar con tapones , los ronquidos y el dormir en el suelo con la colchoneta pinchada hacen que me levante como si fuese un auténtico playmobil, parezco el hombre-árbol. Cuando ya por fin consigo desperezarme me doy cuenta de que mi culo, pese a seguir ahí, no se si es mío o del de al lado. Me duele y me hace estar súper incómodo, pese a todo, me levanto y voy directamente a desayunar como es debido. Sigo mi metodología espartana, buen plato de pasta para tener bien de gasolina, leche con cola-cao, choco-crispies, y por supuesto me preparo mis tres mini bocatas de jamón de La Aldeana (Plaza Lur Gorri N6, Barañain, por si os apetece, preguntar por Jotas que es otro enfermo de la bici).

Después paso por el tigre para aligerar peso y me voy directo a la enfermería para que hagan lo que puedan con mi pompis. Recuerdo este momento porque allí coincidí con Valentín San Juan, famoso youtuber, y que se encontraba en la misma situación que yo. Bueno mas que situación era posición. Ahí estábamos tres tíos a cuatro patas sobre las camillas y tres chicas, muy amables, haciéndonos las respectivas curas y poniéndonos apósitos en nuestros moribundos culos. La verdad que si ya de por sí estábamos jodidos, el colega Valentín casi se va más escojonao, porque en plena cura se le fueron a tomar por saco las patas de delante de la camilla y casi se deja los dientes en el suelo. Menos mal que estuvo al loro y le dió tiempo a poner las manos en el suelo, se libró de un buen porrazo.

 

Ya en la jaima me preparo bien, sobre todo, mucha vaselina y el maillot en su sitio para que no se mueva nada de nada. Momento en el que le digo a mi compinche Jorje Sanz que tenemos que inmortalizar ese momento, aunque hoy ya no va a ser sólo mío sino que lo voy a compartir con todos vosotros. Con la foto de mi trasero podéis ver que lo que os estoy contando no es ningún farol, que cuando se dice que se pasa mal, se pasa mal pero de cojones. O bueno, de culo. La otra herida de la espalda es la que me hizo la mochila, pero a buen seguro, no hacía tanto daño como las otras dos.

A las 07:55 llega la hora de salir y otra vez, como todos los días, ese gato en el estómago me hace estar súper nervioso. Los jodidos nervios algunos los gestionamos peor que otros, pero es el peaje a pagar para vivir las experiencias al 200 por cien. Tuve unas sensaciones tan malas que cuando tomé la salida olvidé encender el GPS, no quiero saber ni los kilómetros que llevo ni los que me faltan, ni nada de nada, sólo quiero ir concentrado en llevar una buena postura para sufrir lo menos posible. En cuanto dan la salida y coloco el culo en el sillín me doy cuenta de que la cosa está muy jodida y que va a tocar apretar mucho los dientes.

En esta etapa me acompaña un paisano de Larraga, se llama Eduardo y ha venido junto a Ricardo Abad a hacer su segunda Titan. Es un tipo que se lo toma con calma, como yo , así que vamos rodando súper tranquilos ya que mi estado tampoco me permitía ir mas deprisa. De hecho, me pasaban hasta los caracoles del desierto. Eduardo es un tipo al que le gusta hablar hasta debajo del agua, pero ese día yo no estaba para fiestas, y ya en el kilómetro 50 le tengo que pedir que avance más para adelante porque yo necesito ir a mi bola, bien concentrado en la postura y además, no soy capaz de ir manteniendo una conversación ya que el dolor se me hacía insoportable. Edu, te agradezco tu compañía y tu buena intención, pero ese día no estaba yo para historias.

Kilómetro 50 y sólo tengo en la cabeza el poder llegar al 70 donde se encuentra la estación de hidratación y significa que estaría en la mitad justo de la etapa. Así que me pongo en plan «voy a pasármelo bien y si llego, llego y si no, pues para casa». Van avanzando los kilómetros y la cosa parece que poco a poco va funcionando, voy pasando pueblos, viendo la gente que vive allí, viendo las condiciones en las que viven, las ropas que llevan. Esto te hace ir reflexionando sobre la bici y darte cuenta de lo afortunados que somos teniendo todas las comodidades que tenemos, es lo que tiene el pasar tantas horas a tu bola sobre el sillín.


De esta manera, y casi sin darme cuenta, me planto en el kilómetro 70, objetivo cumplido de momento. Dejo la bici e intento disfrutar del momento, comer bien, hidratarme y echar unas risas con los demás corredores y el equipo de hidratación. Después visito a una de las chicas que se encarga de atender a los heridos y que es la misma que me había hecho la cura en la salida. De esto no hay foto, pero la instantánea no hubiese tenido precio. Allí en medio del desierto, metido detrás de un camión, con el coulote bajado hasta los tobillos y la chica quitándome los apósitos para ponerme unos nuevos que aguanten hasta el final (por cierto mi agradecimiento a todo el equipo médico por cuidarnos tan bien). Menos mal que esto de las heridas de guerra nos lo tomábamos a broma porque sino…

Después de poner todo en su sitio la moral se me viene arriba, he sido capaz de llegar a la mitad y me veo capaz de seguir aunque sea un poco más, hasta donde llegue. Estoy con Ecequiel y le cuento cómo me encuentro y le digo que tire para adelante que yo voy mejor solo en esta etapa. Él se va y al poco empiezo yo otra vez. El momento ese de ponerte sobre la bicicleta era una tortura. Hasta que no encontraba una postura medianamente buena las pasaba mas putas que Caín.

Los metros iban pasando muy muy despacio y ya no sabía si ponerme en mi cabeza la película del ‘Señor de los Anillos’ o ‘Memorias de Africa’ o cualquier otra igual de larga. Aunque ahora que lo pienso, igual tenía que haber pensado en una de ‘Rocky’ no sé si la uno, la dos, o la quince porque no se cuantas lleva ya el bueno de Sylveste. Hasta llegué a repasar un poco historias que me habían pasado en mi época de jugador, y una de ellas fue la del 0-4 que le metimos al Real Madrid cuando era jugador de Osasuna. Esos tres goles de Jan Urban me hacían  distraerme, pero cuando llegué al recuerdo del cuarto gol las pulsaciones se me aceleraban. Me aparecía una sonrisa picarona de oreja a oreja y hacían que las pedaladas fueran más fuertes. Y es que me veía corriendo la banda a toda pastilla pidiéndole el balón al ‘Polaco’, hasta que por fin me lo pasa, lo controlo con mucho arte y le suelto un pepinazo cruzado al palo largo que Paco Buyo se lo come con papas.

Imaginaros la situación. Ahora tengo 46 tacos, entonces tenía 18 creo recordar, y me encontraba en a tomar por saco en el desierto acordándome de ese momentazo que me va a acompañar toda mi vida. No os quiero ni contar el subidón que llevaba en ese rato, lástima que el gol duró muy poquito tiempo y por muchas repeticiones que me ponía al final los kilómetros y el calor hacían que se diluyese ese buen ánimo que tenía.

Continuará…

Iñigo.

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